Talleres de Verano de Subflash

Del 28 al 30 de agosto, ASTURIES 2026

Subflash 2026: Cuérigo (Asturias)

Que veinte años no es nada...

La vigésima edición de los Talleres de Verano de Subflash 2026 llegó a su fin el pasado domingo 30 de agosto, después de un fin de semana intenso, difícil de resumir sin un nudo en la garganta, y todavía más difícil de olvidar. Porque, creedme si os digo, que esta ocasión has sido espectacular.

Un año más —y ya van veinte ediciones— volvimos a reunirnos los miembros de esta singular comunidad formada por una serie de personas únicas, vinculadas al diseño, el desarrollo web, el software, la creatividad y, de una manera u otra, a ese territorio enorme y cambiante que llamamos tecnología. Algunos llevamos compartiendo este camino desde hace muchos años; otros se han ido incorporando por el camino. Pero, cuando llega Subflash, las etiquetas profesionales importan bastante menos que las ganas de encontrarnos, aprender unos de otros y compartir unos días juntos viviendo esta experiencia.

En esta ocasión pusimos rumbo a Cuérigo, un pequeño municipio enclavado en plena cuenca minera asturiana, rodeado de montañas, bosques y un paisaje espectacular. Un enclave perfecto para disfrutar de dos dias increíbles, de reencuentros muy esperados, y con un respiro al calor sofocante que hemos tenido este verano en el resto del territorio.

Nuestro cuartel general fue Ca’l Xabú, un establecimiento acogedor en el que, tanto Germán, su capitán, como Nerea y el resto del equipo, nos hicieron sentir prácticamente como en casa desde el primer momento. Su equipo estuvo pendiente de nosotros durante toda la estancia, cuidando cada detalle y consiguiendo que la experiencia estuviera a la altura tanto en el alojamiento como, muy especialmente, alrededor de la mesa. Y quienes conocemos Subflash sabemos que esto último tampoco es precisamente un asunto menor. Pero es que este año, ha sido algo tan espectacular y tan memorable que sin duda ha supuesto uno de los exponentes del encuentro. Tanto, que, además, y de forma inesperada, ha formado parte del programa de talleres.

Porque Subflash nunca ha sido únicamente venir a escuchar charlas. Como dice Abel, Subflash empieza justo en el momento en que te montas en el coche con los compañeros de viaje, y termina cuando el último de nosotros llega a su casa y lo reporta por el grupo.

Subflash, es sentarse a hablar después de las charlas. Es discutir una idea mientras alguien sirve otra botella – otro «culín» en este caso -. Es descubrir que una conversación iniciada durante un taller continúa durante la cena y termina, varias horas después, convertida en otra cosa completamente distinta, o en un prototipo funcional en el portátil de alguien. Es reencontrarse con personas a las que quizá solo ves una vez al año y descubrir que parece que la última conversación terminó ayer; y que el aprecio entre nosotros es tan genuino que realmente te hace sentirte parte de algo muy especial. Y cumplir veinte ediciones haciendo exactamente eso empieza a ser algo bastante serio.

El viernes 28, desde el mediodía, los primeros subflasheros fueron llegando poco a poco a Ca’l Xabú y reuniéndose en la terraza para iniciar las primeras conversaciones. Para algunos el viaje había sido relativamente corto: Iván y Gonzalo llegaban desde Oviedo y Javi se encontraba esos días en Cantabria. Para otros, en cambio, alcanzar Cuérigo significó cruzarse buena parte de la península.

Ana Cirujano o Alex Díaz, pusieron rumbo al norte en coche desde Madrid; Ángel Álvaro llegó desde Valladolid; Diego y Karmele lo hicieron desde Bilbao; Mario Ezquerro desde La Rioja, y Juanjo hizo siete horas en bus desde Pontevedra. Al igual que Elad que voló desde Alicante, o Alfons que venía de estar unos días por Gijón, pero que volaba desde Barcelona. Cada uno con su propia ruta, sus kilómetros y sus inevitables pequeñas aventuras de viaje, pero todos con el mismo destino.

Mención especial al convoy catalán, capitaneado por Marc Palau, del que formábamos parte quienes emprendimos el viaje desde Cataluña. Abel Cabans, Ramón Masip y yo; que llegamos alrededor de las ocho de la tarde después de más de diez horas de carretera y de haber atravesado prácticamente la península de lado a lado. Cuando por fin aparecieron ante nosotros las montañas asturianas y alcanzamos Cuérigo, el cansancio acumulado durante el viaje empezó a importar bastante poco.

Quizá esa sea también una de las mejores formas de explicar qué significa Subflash después de veinte ediciones. Hay gente que conduce durante diez horas, que toma un avión, que cruza varias comunidades autónomas o reorganiza sus vacaciones simplemente para poder estar allí. Porque al otro lado del viaje están los amigos, los reencuentros y un fin de semana que llevamos demasiado tiempo esperando durante el año.

Viernes 28: Cena y presentaciones

Aquella primera noche comenzó alrededor de la mesa, y lo hizo por todo lo alto. La cena que nos prepararon en Ca’l Xabú fue sencillamente espectacular: croquetas, patatas bravioli, burritos de pitu con mole, ensaladas y una sucesión de pizzas caseras recién hechas, cocidas en horno de leña y saliendo prácticamente directas a la mesa. Y de postre, un arroz con leche que te mueres. Una de esas cenas en las que la comida importa mucho, pero todavía más todo lo que ocurre alrededor: las primeras conversaciones, las bromas, los reencuentros y esa sensación de que, después de tantos kilómetros, por fin estábamos todos allí.

Después llegó una de las tradiciones más esperadas y divertidas de cada edición: la ronda de presentaciones. Tras una breves palabras de Iván y Pakito (yo mismo), y de proyectar algunos vídeos con recuerdos que nos enviaron algunos de los asistentes habituales que en esta ocasión no han podido venir; uno a uno, todos los asistentes fuimos tomando la palabra para presentarnos de nuevo —aunque a estas alturas casi todos nos conocemos más que de sobra— y contar qué había sido de nosotros durante el último año.

Es uno de esos momentos que, visto desde fuera, puede parecer casi innecesario y que, sin embargo, termina siendo una de las mejores formas de empezar Subflash. Porque no se trata tanto de explicar quién eres como de poner al día al resto: contar en qué has estado trabajando, qué ha cambiado en tu vida, qué nuevos proyectos han aparecido, qué retos profesionales te han hecho sudar más de la cuenta o qué pequeñas victorias merece la pena compartir. En una comunidad tan vinculada al diseño, al desarrollo, al software y a la tecnología, estas presentaciones acaban convirtiéndose también en un curioso termómetro de cómo cambian nuestras profesiones, nuestros intereses y nosotros mismos de un año para otro. Y en el último año, con la IA de forma omnipresente, para todos ha cambiado muchísimo.

 

La ronda sirvió además para otro de los pequeños rituales imprescindibles: la entrega de las camisetas de esta vigésima edición, como viene siendo ya una tradición, patrocinadas por Nitsnets. En cuestión de minutos, el azul empezó a adueñarse de la sala y terminó convirtiéndose en el uniforme no oficial de todo el fin de semana. Puede parecer un detalle casi infantil, pero hay algo especialmente poderoso en ver a un grupo de personas completamente distintas compartiendo los mismos colores. La camiseta deja de ser una simple prenda y acaba funcionando como una pequeña declaración de pertenencia: durante unos días, todos formamos parte de lo mismo.

Terminadas las presentaciones, la noche tomó distintos caminos. Algunos aprovecharon para acercarse a las fiestas a bailar cumbia, en un pueblo cercano; otros, después de los kilómetros acumulados durante el día, decidieron retirarse a descansar. Y unos cuantos nos quedamos todavía un buen rato en la terraza de Ca’l Xabú, cerveza en mano, disfrutando de esas conversaciones que no necesitan agenda ni horario y de la sensación familiar de reencontrarnos un año más.

Sábado 29, sesión matinal

Taller: «Senior… suélteme el brazo» Sobrevivir en la industria y preparar una estrategia para ser resiliente a los cambios de la IA, por Diego Rodríguez

El sábado comenzó temprano. Después del desayuno llegó el momento de ponerse oficialmente manos a la obra, y Diego Rodríguez, Arketipo, fue el encargado de abrir el programa de talleres con una charla cuyo título ya dejaba pocas dudas sobre lo que nos esperaba: “Senior… suélteme el brazo. Sobrevivir en la industria y preparar una estrategia para ser resiliente a los cambios de la IA”.

Y Diego hizo exactamente lo que prometía. Con su peculiar estilo de comunicación, directo, provocador y sin demasiados paños calientes, empezó desmontando algunas de las ideas que solemos asociar a la seniority. Porque ser senior no consiste únicamente en acumular años, experiencia o líneas en un currículum. También significa asumir responsabilidades, trabajar con autonomía, dominar aquello que haces, colaborar con otros equipos, entender las inevitables dinámicas políticas de cualquier organización y, sobre todo, ser capaz de generar impacto. O, dicho de otra manera: valemos por aquello que conseguimos que ocurra, no simplemente por el tiempo que llevamos sentados delante de una pantalla.

La premisa de partida tampoco admitía demasiado espacio para el lamento. Aquí no veníamos a llorar; había que venir llorado de casa. La irrupción de la inteligencia artificial está transformando profundamente nuestra profesión y probablemente nos obligará, una vez más, a reinventarnos como ya hicimos con la muerte de Flash en su momento, o con la irrupción de otras tecnologías y herramientas. Puede que este sea un mal momento para buscar empleo o plantearse determinados cambios profesionales, pero, paradójicamente, también es un momento extraordinario para hacer cosas: experimentar, aprender nuevas herramientas, solucionar problemas que hasta hace poco parecían inaccesibles o necesitaban a todo un equipo para hacerlo, y, en definitiva, abandonar algunos de los prejuicios con los que hemos construido nuestras carreras.

Una de las ideas más interesantes de la charla fue precisamente la posibilidad de aceptar que quizá haya llegado el momento de volver a ser junior en algo. De dejar de proteger aquello que sabemos hacer porque nos ha funcionado durante años y recuperar la curiosidad suficiente para adentrarnos en terrenos nuevos. Frente a una especialización cada vez más vulnerable, Diego defendió la figura del “generalista especializado”: profesionales capaces de combinar conocimientos y experiencias aparentemente alejados entre sí y convertir precisamente esa mezcla en algo difícil de sustituir.

Pero tampoco se trataba de correr desesperadamente detrás de cada nueva tecnología. La estrategia propuesta pasaba más bien por construir un ecosistema profesional fértil: encontrar aquello en lo que nuestro criterio produce verdadero impacto, desarrollar una red, compartir conocimiento, generar oportunidades, buscar nichos en los que haya pocos sustitutos y diversificar nuestras fuentes de ingresos. No depender únicamente de que alguien siga necesitando exactamente lo mismo que llevamos haciendo durante los últimos diez o veinte años. El objetivo final era bastante menos épico y bastante más práctico: seguir siendo empleables, permanecer en el mercado y conseguir ingresos recurrentes. Porque podremos teorizar todo lo que queramos sobre el futuro del trabajo, pero, como recordaba una de las diapositivas de Diego, al final hay que pagar las facturas.

La charla terminó dejándonos una pregunta bastante incómoda sobre la mesa: ¿qué es lo peor que podría pasar y estamos realmente preparados para ello? No para salir corriendo aterrorizados, sino justamente para hacer lo contrario: empezar a construir una alternativa antes de necesitarla y lo más importante, tener una estrategia de cara a los próximos 5 años. Una forma contundente de comenzar el sábado. Y, probablemente, también una de las conversaciones que más iba a sobrevolar el resto del fin de semana.

Taller: Agent UX: cuando quien usa tu producto no es una persona, por Ana Cirujano

Tras un descanso, a continuación tomó el relevo Ana Cirujano con el segundo taller de la jornada, “Agent UX: cuando quien usa tu producto no es una persona”, una sesión que cambió por completo el punto de vista desde el que solemos pensar la experiencia de usuario. La pregunta de partida era tan sencilla como incómoda: ¿qué ocurre cuando quien entra en nuestra web, busca información, compara alternativas, rellena formularios o incluso ejecuta una compra ya no es una persona, sino un agente inteligente actuando en su nombre?

Ana planteó el taller de una manera especialmente participativa, lanzando preguntas constantemente e invitando a los asistentes a intervenir, discrepar y aportar sus propias experiencias. Algo que nos gusta especialmente en Subflash, donde las mejores sesiones suelen ser precisamente aquellas en las que la frontera entre quien imparte el taller y quienes están sentados delante acaba desdibujándose y la charla se convierte en una conversación colectiva.

La idea central era asumir que, cuando un agente ejecuta acciones, debemos empezar a considerarlo un usuario más de nuestro producto. Ya no hablamos únicamente de una persona navegando por una interfaz, sino de un sistema capaz de recibir un objetivo, elaborar un plan, utilizar determinadas herramientas y ejecutar acciones para conseguirlo. Una diferencia aparentemente pequeña que puede obligarnos a replantear buena parte de las reglas con las que hemos diseñado productos digitales durante décadas.

A partir de ahí fueron apareciendo algunas preguntas particularmente interesantes. ¿Qué ocurre con la persuasión cuando el agente no se deja impresionar por una fotografía bonita o por un botón estratégicamente colocado, sino que comprueba el stock, calcula el precio final y se lee hasta la letra pequeña? ¿Dónde sucede la conversión si, en lugar de recorrer anuncio, landing, ficha de producto y checkout, el usuario simplemente pide unas zapatillas con determinadas características y el agente se encarga de buscar treinta opciones para presentarle únicamente las tres mejores?

Y todavía quedaban dilemas más profundos. Si la relación pasa a ser persona → agente → empresas, ¿quién mantiene realmente la relación con el cliente? ¿Cómo conseguimos que la información que mostramos a una persona mediante una interfaz y los datos que proporcionamos a una máquina cuenten exactamente la misma realidad? ¿Qué tendremos que medir cuando una parte de nuestras visitas, consultas y acciones ya no procedan de seres humanos? Persuasión, conversión, desintermediación, coherencia y analítica fueron así apareciendo como piezas de un puzle que apenas estamos empezando a montar.

La sesión no pretendía ofrecer respuestas definitivas —probablemente porque todavía nadie las tiene—, sino hacernos mirar un poco más allá de las interfaces que conocemos. Si durante años hemos diseñado pensando en cómo una persona ve, interpreta y utiliza una web, quizá estemos acercándonos a un escenario en el que también tengamos que diseñar para sistemas que no necesitan verla en absoluto.

Y, como suele ocurrir con las buenas preguntas, terminamos el taller con unas cuantas más de las que teníamos al empezar. Hay que hacer una mención especial en este punto ya que la comunidad de WordPress Developers, representada por Ana, tuvo el detallazo de obsequiarnos con una bolsa con regalos a cada uno de los asistentes. Muchísimas gracias por ello.

Comida del sábado

Antes de retomar los talleres hubo tiempo, por supuesto, para uno de esos momentos que en Asturias conviene tomarse muy en serio: la comida. Empezamos con un pequeño y sabroso aperitivo que, visto con perspectiva, no era más que la antesala de lo que estaba por llegar.

El plato principal fue una fabada de campeonato, contundente, sabrosa y servida como mandan los cánones, con un copango generoso de tocino, morcilla y chorizo casero. De esas fabadas que obligan a bajar un poco el ritmo de la conversación porque toda la atención termina inevitablemente dentro del plato. Y cuando parecía que ya no quedaba demasiado margen para nada más, llegó el postre: frixuelo relleno, perfecto para rematar una comida tan asturiana como el paisaje que nos rodeaba.

Con semejante combustible en el cuerpo, fue necesario realizar una «power nap«, así que la gran mayoría se fue a descansar, y otros aprovecharon para dar un paseo y bajar la comida, hasta las 5, hora en la cual retomamos las charlas. Y lo hicimos cambiando por completo de registro con uno de los talleres más singulares de esta vigésima edición…

Sábado 29, sesión de tarde

Taller: “CTRL + ALT + AOVE” Una experiencia sensorial de cata de aceites de oliva vírgen extra, con Ramon Masip

Por la tarde el programa cambió completamente de registro con uno de los talleres más singulares de esta vigésima edición: “CTRL + ALT + AOVE”, una experiencia sensorial de cata de aceites de oliva virgen extra conducida por Ramon Masip. Y precisamente ahí estaba buena parte de su gracia: después de una mañana hablando de inteligencia artificial, agentes y futuro profesional, tocaba apagar por un rato las pantallas y prestar atención al olfato, al gusto y a algo tan cotidiano como una cucharada de aceite.

Ramon comenzó situándonos en contexto con un recorrido por la historia del olivo y del aceite de oliva en la península. Nos habló de la llegada de los fenicios al sur peninsular alrededor del 1100 a. C. y de cómo contribuyeron a extender su cultivo y sus primeras rutas comerciales. Más tarde, durante el Imperio Romano, Hispania —y muy especialmente la Bética— se convertiría en uno de los grandes centros productores de aceite destinado a Roma. Millones de ánforas atravesaron el Guadalquivir y el Mediterráneo cargadas con un producto que entonces no solo se utilizaba como alimento, sino también para iluminación, higiene, medicina y numerosos usos cotidianos.

A partir de ahí, el taller fue siguiendo todo el recorrido que transforma la aceituna en aceite: desde el cultivo del olivo y los distintos sistemas de recolección, tradicionales y mecanizados, hasta la molienda y los procesos posteriores de elaboración. Ramon explicó también el papel del Consejo Oleícola Internacional, organismo encargado de establecer criterios y estándares dentro de un sector que concentra buena parte de su producción mundial en los países mediterráneos, y nos ayudó a entender las diferencias entre los distintos tipos de aceite y los procesos que determinan su calidad.

También hubo tiempo para descubrir aspectos que, para muchos de nosotros, eran completamente desconocidos: cómo se separa y filtra el aceite, qué ocurre después de la molienda o qué procesos se utilizan para obtener los aceites refinados. Una buena demostración de que detrás de esa botella que tenemos permanentemente en la cocina hay bastante más tecnología, conocimiento, agricultura y química de lo que solemos imaginar.

Pero la mejor parte estaba todavía por llegar. En la última parte del taller, Ramon nos guio en una cata de distintos aceites de oliva virgen extra elaborados con diferentes variedades de aceituna. Aprendimos a olerlos, degustarlos y buscar matices que normalmente pasan completamente desapercibidos: aromas vegetales, notas frutadas, amargos, picantes y pequeñas diferencias que, una vez señaladas, empezaban a resultar sorprendentemente evidentes.

Fue una experiencia distinta a cualquier otra que hubiéramos hecho hasta ahora en Subflash y, precisamente por eso, especialmente enriquecedora. Durante un rato dejamos de hablar de código, interfaces, herramientas e inteligencia artificial para concentrarnos simplemente en los sentidos, en el producto y en aprender a mirar —o, en este caso, a oler y saborear— algo conocido desde una perspectiva completamente nueva.

Taller Bonus Track: Charla y cata sobre la Sidra natural de Asturias, por Germán Álvarez

Tras la cata de aceites todavía nos esperaba un pequeño bonus track que encajaba perfectamente con el lugar en el que estábamos. Germán —Xermán— Álvarez, copropietario de Ca’l Xabú, gaitero y anfitrión de la casa, tomó el relevo para hablarnos de otro de los grandes símbolos de Asturias: la sidra natural.

Xermán nos explicó cómo se ha elaborado tradicionalmente durante generaciones, desde la selección y prensado de la manzana hasta la fermentación, y compartió también su propia experiencia como productor. Cultiva sus propias manzanas, combinando distintas variedades para conseguir el carácter que busca en su sidra y aportarle un sello personal. La charla sirvió para entender hasta qué punto detrás de una bebida aparentemente sencilla hay agricultura, conocimiento, paciencia y una tradición transmitida durante siglos.

También repasamos algunos de los distintos tipos de sidra, desde la natural hasta elaboraciones de fermentación tipo brut nature o la sidra de hielo. Mientras Xermán explicaba sus diferencias y particularidades, Nerea iba escanciando culines para que todos pudiéramos probarlas y comparar aromas, sabores y matices sobre la marcha. Una clase teórica bastante difícil de suspender cuando el material didáctico llega servido en vaso.

Y como hablar de sidra en Asturias sin aprender a escanciar habría sido dejar el trabajo a medias, la sesión terminó en la terraza de Ca’l Xabú. Allí llegó el momento de intentarlo nosotros mismos: brazo arriba, vaso abajo, mirada al frente y toda la dignidad posible mientras el chorro decidía por su cuenta dónde quería caer. Hubo resultados para todos los gustos, pero durante un rato todos pudimos hacer nuestros primeros pinitos como escanciadores asturianos.

Fue un cierre perfecto para una tarde dedicada a descubrir productos profundamente ligados a la tierra y a quienes los elaboran. Después de aprender a catar aceite y sidra, empezaba a quedar bastante claro que en Subflash 2026 la tecnología iba a compartir protagonismo con unas cuantas cosas más.

Cena del sábado

La cena del sábado volvió a confirmar que en Ca’l Xabú tenían muy claro que nadie iba a marcharse de allí con hambre. Empezamos compartiendo unas generosas tablas de embutidos caseros elaborados por la propia casa: chorizo, chorizo de jabalí, salchichón de vaca, salchichón de cerdo y cecina de vaca, acompañados por una selección de quesos asturianos de distintos tipos. Y eso era solo el principio. Después llegaron los cachopos, unos de jamón y otros de cecina; acompañados de patatas fritas caseras para compartir, en una de esas cenas en las que la mesa acaba convirtiéndose en un pequeño campo de batalla gastronómico y uno empieza a negociar consigo mismo cuánto espacio real le queda todavía en el cuerpo.

El remate fue una espectacular tarta de queso que, además, sirvió para celebrar uno de los momentos más especiales del fin de semana. Aprovechamos el postre para cantar el cumpleaños feliz a Subflash, que este año alcanzaba nada menos que su vigésima edición. Veinte encuentros, veinte veranos y dos décadas manteniendo viva una comunidad que, de una forma u otra, ha ido creciendo y cambiando junto a todos nosotros.

Después de semejante cena, algunos optamos por dar un paseo nocturno para intentar convencer al cuerpo de que todavía era capaz de moverse, mientras otros prefirieron quedarse en la terraza de Ca’l Xabú, alargando la sobremesa entre conversaciones, risas y alguna copa. No hacía falta mucho más. La noche, la montaña y la compañía hicieron el resto.

Domingo 30, sesión matinal

Tras el desayuno del domingo, y antes de retomar el programa, algunos aprovechamos la mañana para dar un paseo hasta el cercano pueblo de Collanzo. El destino tenía bastante sentido después de todo lo que habíamos probado durante el fin de semana: la charcutería familiar de Ca’l Xabú, donde pudimos hacer acopio de algunos de los productos típicos de la tierra antes de emprender el viaje de vuelta.

Fue también una buena excusa para estirar las piernas, disfrutar un poco más del entorno y llevarnos a casa una pequeña parte de Asturias en forma de chorizos, embutidos, quesos, sidra y otras provisiones. Un último paseo tranquilo antes de volver a hablar de tecnología, inteligencia artificial y del futuro de nuestras profesiones.

Taller: “Esto no estaba en el roadmap. Profesiones digitales en tiempos de IA. ¿Hacia dónde va nuestra profesión?”

Tras el paseo, pusimos en marcha la mesa redonda “Esto no estaba en el roadmap. Profesiones digitales en tiempos de IA. ¿Hacia dónde va nuestra profesión?”, una sesión que, de alguna manera, recogía muchas de las preguntas que habían ido apareciendo durante todo el fin de semana. A la charla se nos unieron dos nuevos fichajes, Ruth y Emilio, que vinieron a vernos y que enseguida se integraron en el grupo y aportaron un conocimiento y una visión crítica excepcional.

Iván Gajate fue el encargado de abrir el debate con una breve introducción centrada en un cambio que ya nadie puede ignorar: la inteligencia artificial, la automatización, las nuevas herramientas y la transformación del mercado están modificando nuestra forma de diseñar, desarrollar y crear productos digitales. Pero quizá la cuestión realmente importante no sea hasta dónde llegarán estas tecnologías, sino qué lugar ocuparemos nosotros cuando formen parte de prácticamente todo lo que hacemos; o hagan el trabajo que hasta ahora hacíamos nosotros.

A partir de ahí se abrió una conversación en la que todos pudimos participar, aportar experiencias, plantear dudas y confrontar puntos de vista. No hubo grandes verdades reveladas ni un consenso demasiado pesimista —afortunadamente—, pero sí fue apareciendo una idea con bastante fuerza: este es un momento extraordinario para hacer cosas.

Tenemos conocimiento, experiencia y, sobre todo, una manera de pensar entrenada durante años para enfrentarnos a problemas, descomponerlos y buscar soluciones. La IA puede asumir ahora tareas que antes quedaban fuera de nuestro alcance técnico, o que requerían de mucho más personal y recursos; acelerar procesos o ayudarnos a materializar ideas sin necesidad de dominar cada una de las disciplinas implicadas. El proceso deja, en cierta medida, de ser el límite. Lo importante pasa a ser saber qué queremos construir, por qué queremos hacerlo y tener el criterio suficiente para pilotar las herramientas que nos permitan llegar hasta allí.

Eso no significa que el futuro vaya a ser sencillo ni que todo sea entusiasmo tecnológico. El mundo nunca es completamente blanco o negro y, entre la euforia y el miedo, existe una enorme escala de grises. Es muy posible que dentro de unos años tengamos que reinventarnos otra vez, como ya hicimos con la muerte de Flash. Probablemente no será la primera vez para muchos de nosotros y, con bastante seguridad, tampoco será la última. Pero una de las conclusiones más reconfortantes de la mesa redonda fue recordar precisamente de dónde venimos: somos creadores.

En este ecosistema tecnológico existe una inmensa mayoría que utiliza herramientas, consume contenidos, compra productos digitales y hace uso de la tecnología creada por otros. Y existe también una minoría mucho más pequeña que imagina, diseña, desarrolla, escribe, experimenta y construye cosas nuevas. La inteligencia artificial probablemente ampliará muchísimo esa minoría creadora, porque reducirá barreras y permitirá hacer cosas a personas que hasta ahora no disponían de los conocimientos técnicos necesarios. Pero seguirá habiendo una diferencia fundamental entre utilizar una herramienta y tener algo que hacer con ella.

Y si algo quedó claro después de veinte ediciones de Subflash es que nosotros llevamos mucho tiempo en ese segundo grupo. Herramientas habrá muchas, y cambiarán constantemente. Lo que hacemos con ellas seguirá dependiendo de nosotros.

Comida del domingo

Y llegó la última comida del encuentro. Después de dos días intensos, Ca’l Xabú todavía tenía una última carta que jugar. Comenzamos con un pequeño aperitivo compuesto por un bol de salmorejo casero acompañado de crema de queso y pan de gamba, antes de pasar al plato principal: un arroz con pitu sabroso y contundente, perfecto para cerrar gastronómicamente un fin de semana en el que también habíamos recorrido Asturias a través de sus productos, sus sabores y sus tradiciones.

Para el postre llegaron unas torrijas acompañadas de helado y, cuando ya empezaba a aparecer inevitablemente esa sensación de que aquello se terminaba, descorchamos unas botellas de cava y levantamos las copas para brindar juntos por Subflash 2026. Fue el punto final oficial de la vigésima edición.

Poco después comenzaron las despedidas. Maletas en los coches, últimos abrazos, promesas de volver a vernos y cada cual emprendiendo de nuevo su camino: hacia Oviedo, Madrid, Valladolid, Bilbao, La Rioja, Ibiza, Cataluña o cualquiera de los otros lugares desde los que, apenas dos días antes, habíamos convergido en aquel pequeño rincón de las montañas asturianas. El grupo fue desapareciendo poco a poco de Ca’l Xabú y Cuérigo volvió a quedarse tranquilo mientras nosotros comenzábamos a acumular kilómetros en dirección a casa.

Veinte ediciones después...

Es difícil resumir veinte ediciones de Subflash hablando únicamente de talleres. Durante todos estos años han cambiado prácticamente todas las herramientas que utilizábamos cuando empezamos. Han aparecido profesiones que entonces no existían, otras se han transformado hasta resultar casi irreconocibles y algunas han desaparecido por el camino. Hemos pasado por revoluciones tecnológicas, crisis económicas, cambios de empresas, proyectos que funcionaron y otros que no llegaron a ninguna parte. Y ahora nos encontramos ante otra transformación enorme, probablemente una de las mayores que hemos vivido profesionalmente, provocada por la inteligencia artificial.

También hemos cambiado nosotros.

Hemos acumulado experiencia, responsabilidades, alguna que otra cana y muchas historias que no cabrían en ninguna ronda de presentaciones. Algunos hemos cambiado de profesión varias veces sin dejar realmente de hacer lo mismo: imaginar soluciones, construir cosas y tratar de entender un mundo que insiste en cambiar más rápido de lo que somos capaces de acostumbrarnos a él.

Quizá por eso esta edición haya tenido algo especialmente simbólico. Durante todo el fin de semana hablamos de reinventarnos, de volver a aprender, de agentes capaces de utilizar nuestros productos, de inteligencia artificial, de resiliencia profesional y de un futuro que nadie parece tener demasiado claro. Pero entre medias también aprendimos a catar aceite, descubrimos cómo se hace la sidra, intentamos escanciar un culín sin regar demasiado el suelo, comimos fabada, cachopos y arroz con pitu, nos sentamos alrededor de una mesa, paseamos por la montaña y nos quedamos hasta tarde hablando con amigos.

Y quizá ahí esté una parte importante de la respuesta.

Subflash nunca ha sido solamente tecnología. Tampoco ha sido realmente un evento, al menos los últimos años. Es una excusa que llevamos utilizando veinte años para reunir a un grupo de personas inquietas, curiosas y creadoras que, por encima de herramientas, lenguajes, cargos profesionales o modas tecnológicas, siguen teniendo ganas de abrazarse, aprender cosas y de hacerlas.

No sabemos exactamente hacia dónde irá nuestra profesión. Tampoco qué estaremos haciendo dentro de cinco o diez años. Si algo nos enseñaron los últimos veinte, es que intentar predecirlo probablemente sea una manera bastante eficaz de equivocarse.

Pero sabemos algo más importante:

Seguiremos haciendo cosas. Y mientras sigamos teniendo curiosidad, criterio, ganas de aprender y personas con las que compartir el camino, habrá futuro.

Si has conseguido leer hasta aquí, entenderás lo que os decía al principio de lo del nudo en la garganta. Bueno ya sabeis que soy muy sensiblero. 

Nos vemos en Subflash 2027.

P.D. 1 .- No quiero terminar esta crónica sin acordarme de Marcos González y Orestes Carracero, que finalmente, por cuestiones de salud no han podido asistir al encuentro. Desde aquí nuestros mejores deseos de recuperación para los dos. Se os ha echado en falta.

P.D. 2 .- He extraído las fotos del grupo de WhatsApp. Perdonad que no nombre a los autores de cada una, pero gracias a todos por documentar tan bien el encuentro.

Otras crónicas

Post de Abel Cabans: Tres días de tecnología, vida y futuro, Subflash 2026

Compartir esta página

Facebook
X
LinkedIn
Telegram
WhatsApp
Email